domingo tempranero, poniendo las calles y acicalando las nubes, la pantalla encendida y el cuaderno abierto. las palabras que se amontonan para describir y escribir cosas ajenas, cosas de otros, encargos y trabajos.
lo mejor muchas veces, antes de escupir verbos, metáforas, hipérboles y demás fauna lírica, es leer algo que seduzca la puerta del limbo de las palabras ingeniosas. otras veces, no se trata de leer, sino de ver alguna película o documental (aquí me pongo pedante) o algo que motive el motor, los rodamientos de ciertas teclas de la cabeza.
y otras veces, funcionan las cosas porque el arma o el detonante es externo, ajeno, e insospechado. una sorpresa metida en un cubículo con 5 cabezas, y una de ellas hablando y garlando sin parar, relatando un cuento, bueno, un relato que escupió hace tiempo.
¡qué bueno, que me sorprendan como hicieron, que abriesen ciertas compuertas, qué pueda sentirme vivo y joven, estúpidamente joven!
un mundo sin sorpresas, no sería un mundo habitable. buf, menos mal.