El verano cruje.
Madrugo, lo hago por costumbre, preparo el café y miro el cielo oscuro, aunque sea verano, en agosto los días comienzan a acortar, lo noto sobre todo por los amaneceres y por los atardeceres, pero pronto también lo notaré en los mediodías, el astro no subirá tan alto y la terraza perderá sombra y ganará fuego.
Mientras el néctar negro va camino de la ebullición miro las estrellas, las conozco, no todas pero sí unas cuantas. De vez en cuando pasa algún avión y muy pero que muy de vez en cuando una luz blanca que zigzaguea, un satélite debe ser o la estación espacial internacional o un ovni, ¿si un ovni va haciendo eses es porque su conductor ha bebido? Y me acuerdo de E.T. borracho después de beberse la cerveza de la nevera. Sonrío. “Home, my phone”.
El crujir de las burbujas negras me devuelve a la tierra. Dejo el cielo para otro amanecer.
Le echo un hielo al vaso que también cruje por el contraste con el calor del café. Pienso “en verano todo cruje, el crujir de las burbujas negras, el hielo, el cantar de las chicharras, y en un rato mis piernas”, me lo bebo, preparo mis cosas de ciclista globero, la sandía cortada en su papel de plata, el bidón de agua congelada por la mitad, lo relleno de agua normal y de nuevo cruje el hielo, sigo con un sándwich también en su papel de plata, la bici y sus ruedas hinchadas, y saco al perro…
El sol anda medio dormido, es nuestro momento del día, de mi peque y mío, andamos por un camino de tierra rumbo a ninguna parte, los conejos salen, nos saludan, y los pequeños murciélagos revolotean libres sobre nuestras cabezas.
Recuerdo:
Una vez mordí uno, era adolescente, iba en mi vespino sin casco, no era obligatorio, e iba hablando con mi pasajero del vespino, íbamos por la huerta de Godella hacia Valencia, era de noche, giré un poco la cabeza para hablar, hablé, y volví a mirar hacia delante y en ese instante, un pequeño murciélago entro en mi boca mientras la cerraba, le mordí un ala, y escupí…
Su ala también crujió y hoy 30 años después sigo escupiendo. Fue asqueroso.
¿Y si ese pequeño ratón con alas se hubiese infectado de mi humanidad en un proceso inverso a Drácula? Hum, pensaré sobre ello.
Vuelvo del paseo con el peque, me visto con mallas de ciclista, “i want to break free” resuena en mi cabeza, siempre al ponerme las mallas esa canción campa a sus anchas en mi cabeza. Supongo que la imagen de Freddie en sus comienzos con Queen tiene la culpa.
Salgo con la bici, y en 11 minutos y 25 segundos estoy subiendo por las montañas y lo que crujen son mis piernas. Y soy feliz mientras crujen.