El verano huele a crema solar, a arena en las chanclas, entre los dedos, en el pelo y en la toalla.
El verano huele a pino en la montaña, porque cuando el termómetro pica a más de 30 grados, los pinos huelen de una forma especial, o quizás sea la piel de las chicharras las que desprenden ese aroma mientras se quedan secas bajo el sol. Nada sé porque nada soy.
En la ciudad, en el centro, el verano huele a orín en las esquinas de los perros domésticos, de los gatos callejeros, y de los animales que caminan a dos patas y se parecen a ti y a mí.
El verano huele a botellón y a reggetton o cómo coño se escriba, huele a primeros besos de la adolescencia, a los primeros cortejos y los primeros amores, y por supuesto, a los primeros fracasos, esos que convierten a cualquiera en principiantes poetas del dolor y la tragedia.
El verano huele a guiri, a acento extranjero, a sudor en las axilas y en los pies desnudos. A gritos en la madrugá y música en las alcobas, huele a humedad si habitas cerca de la costa y a olivo seco si vives alejado de las olas y las toallas.
El verano huele a libertad, libertinaje y decadencia, a motivos absurdos por los que juntarse a celebrar, huele a viajes, a gasolina, a aventuras, a siesta, a recuerdos de la infancia, a aquellos amiguitos que juraron amistad eterna en un lugar vacacional y nunca más se encontraron girando alrededor del Sol.
Pero el verano ya no huele como antes. Creo. Porque ahora también huele a mascarilla.
En los veranos de mi infancia también olía a cloro en las piscinas, a balones de fútbol, a Tour de Francia en el sofá, a primos, a mi hermano mayor diciéndome “pinchate en esa palmera porque te dará súperpoderes y volarás como Arconada”.
El verano huele, y no digo más.